Arqueta Eucarística, S.XVI

Arqueta eucarística española, h. 1600
España, hacia 1600. Época de Felipe III (1598-1621)
Madera tallada, dorada con pan de oro, policromada, estofada y esgrafiada
70 x 67 x 44 cm

Como un antiguo sarcófago albergó el cuerpo muerto de Cristo, la arqueta eucarística contiene la Sagrada Forma. El arca tallada, dorada y pintada con esmero simboliza el sacrificio de Jesús en favor de la Humanidad, la ofrenda de su cuerpo a los fieles que representa la eucaristía. Como una nueva Arca de la Alianza, descubre la presencia de Dios entre nosotros. 

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Descripción

Descripción y análisis formal

Arqueta de singular estructura arquitectónica y especialmente bella ornamentación, que no sólo se centra en el frente de la pieza sino que ocupa también los laterales y la trasera, esta última de una especial riqueza y complejidad. El interior está completamente cubierto por pan de oro, liso en el cuerpo y decorado mediante picado de lustre en la tapa, repitiendo la misma composición que vemos policromada en el exterior de ésta. Dicha cubierta es de una especial riqueza, combinando estofado, esgrafiado y policromía a punta de pincel “a la florentina”, que aporta relieve a los motivos.

Presenta planta rectangular y tapa de artesa, a cuatro aguas y con un corte plano superior, rematado por molduras. Se alza sobre un pedestal escalonado sobre el que se sitúa una gruesa moldura gallonada, tallada en relieve, que evoca las formas de los antiguos sarcófagos romanos, incidiendo en el simbolismo funerario, relacionado con la Pasión, de la pieza. Sobre esta base se sitúa el cuerpo de la arqueta, con pilastras coronadas por capiteles con doble voluta. Destaca especialmente la disposición de estas pilastras, dado que no se colocan sobre las esquinas sino inmediatamente antes. Así, se crea una planta con ingletes que entran y salen en los ángulos.

En el centro del frente vemos una puerta que da acceso al interior de la arqueta, con escudo de cerradura y bisagras exteriores, típicas de los siglos XVI y XVII. La puerta está decorada mediante estofado, con la representación de una custodia de sol con la hostia en su interior, probablemente una alusión a la custodia real que el arca guardaba en origen. La custodia de sol, una tipología que nace a finales del siglo XVI, cuenta con un fuste sobre el que se sitúa un cerco de rayos que enmarca la caja del viril, estuche circular de vidrio que aloja la Sagrada Forma, permitiendo a la vez su protección y exhibición.

La puerta aparece destacada no sólo por su fondo rojo, sino también por las molduras rizadas y talladas que la enmarcan. En los laterales podemos ver pinturas también enmarcadas por molduras, en este caso lisas. Se trata de dos bodegones de buena factura, con jarrones clásicos sobre los que se disponen los símbolos de la eucaristía: las uvas y el trigo ‒el vino y el pan‒. Ambos bodegones, aunque muy similares, son diferentes en el color de las uvas, blancas en un lado y negras en el otro. La parte trasera del cuerpo del arca aparece también pintada, en este caso con roleos vegetales en un expresivo trampantojo, trabajados en dorado sobre fondo rojo, una composición que se anticipa a las decoraciones parietales de mediados del s. XVII del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Tanto la puerta frontal como el resto de recuadros pintados se sitúan sobre un fondo ornamental que combina finos diseños vegetales pintados en oro sobre fondo azul (frente y trasera) o rojo (laterales), evocando telas brocadas.

Destaca especialmente la policromía de la cubierta, ricamente adornada con composiciones complejas, simétricas, que combinan roleos vegetales, palmetas, frutos y hojas pintadas en diversos tonos sobre fondo de oro. Se trata de una composición típicamente manierista, con motivos que se utilizarán en el siglo XVI y que, aunque lleguen a la nueva centuria, irán desapareciendo en la década de 1630. En este caso aparecen trabajados mediante estofado, sus perfiles realzados mediante esgrafiado y policromía a punta de pincel “a la florentina”, formando perlados en torno a los distintos elementos. Como hemos señalado más arriba, esta misma composición se repite en el interior de la tapa, con los motivos dibujados mediante un trabajo de picado de lustre, un punteado inciso sobre el pan de oro.

La arqueta está asimismo tallada, con gallones en la base aunque predominando las molduras que unifican el diseño y, a la vez, van diferenciando las distintas partes de la estructura: pie y basamento, cuerpo central, cornisa escalonada y finalmente la tapa, con un remate diferenciado también trabajado con molduras. Esta forma de ordenar la estructura a base de líneas claras horizontales,  a las que se supedita la decoración, es un criterio típicamente clasicista, que veremos tanto en el manierismo como en el barroco.

Tipología y uso

La arqueta eucarística es una caja destinada a guardar la Sagrada Forma el Jueves Santo. Lo más habitual es que tenga forma rectangular, tapa de artesa y una puerta frontal. Se hacían principalmente en madera, tallada y dorada, con motivos relativos a la Pasión de Cristo o a la eucaristía, el rito también conocido como Santa Comunión. 

Es la pieza central del conocido como Monumento de Semana Santa, una capilla o altar donde se reserva la hostia consagrada del Jueves al Viernes Santo. El Jueves Santo corresponde al jueves anterior al Domingo de Resurrección, y en él se conmemora la institución de la eucaristía en la Última Cena. Es, por tanto, uno de los momentos más importantes del año litúrgico. Ese día el celebrante consagra dos hostias, de las cuales se consume una y la otra se lleva en procesión solemne, reservándose en el Monumento hasta el día siguiente, el Viernes Santo. Desde finales del siglo XVI y hasta principios del XIX en España estos monumentos experimentaron un enorme desarrollo. Construidos en torno a la arqueta eucarística, contaban con toda una estructura efímera monumental que incluía sargas pintadas con escenas de la Pasión, colgaduras de telas ricas y grandes pinturas en grisalla con amplias portadas y otras arquitecturas fingidas, que servían para centrar la atención sobre la arqueta a través de juegos de perspectiva.

La tipología de la arqueta eucarística experimentó un importante desarrollo a partir del Concilio de Trento (mediados del s. XVI) y, principalmente, durante el siglo XVII. La Contrarreforma potenció especialmente el culto a la eucaristía, que en España tenía precedentes que se remontan hasta el siglo XI. De acuerdo con la doctrina de Trento, se prestaba especial atención a la manera de guardar el Santísimo en el sagrario del altar mayor que, según los documentos contemporáneos, había de custodiarse en una copa o caja dentro de una custodia, copa grande, arqueta o cofre, que sustituiría a los antiguos relicarios, alacenas y tabernáculos que en la Edad Media se solían ubicar en lugares poco destacados de las naves laterales de las iglesias. Por ello, sabemos que aunque la arqueta eucarística era la pieza fundamental del Jueves Santo, cuando se exponía en el Monumento, también se utilizaba el resto del año para albergar la Sagrada Forma, como sagrario o tabernáculo.

La arqueta eucarística procede de las arquetas relicario del periodo gótico. Ya entonces veremos una estructura similar, con base rectangular y tapa de tejadillo. A partir del Concilio de Trento la tipología cobrará especial relevancia, como ya hemos señalado. Será entonces cuando esta arqueta medieval evolucione hacia una forma inspirada en el sarcófago de Cristo, con tapa de artesa, plana en su parte superior. Esta alusión a la tumba de Jesucristo se enmarca dentro de la iconografía propia de la Semana Santa, que conmemora su muerte y resurrección.

A nivel simbólico, esta arqueta se relaciona también con la conocida como Arca de la Alianza, un cofre sagrado que se ubicaba en el sanctasanctórum del Tabernáculo, primero, y más tarde del Templo de Salomón, las más importantes construcciones hebreas del antiguo Israel. Fabricada por mandato de Dios y según su diseño, contenía las Tablas de la Ley entregadas por Yahveh a Moisés, donde estaban inscritos los Diez Mandamientos. Es mencionada en el Antiguo Testamento, pero más allá de dicha fuente se desconoce su ubicación actual, aunque se han propuesto diversas teorías al respecto. Según la narración bíblica, el Arca de la Alianza medía 2,5 codos de largo, 1,5 de ancho y 1,5 de alto (111 x 67 x 67 cm), estaba realizada en madera de acacia y revestida de oro, tanto por dentro como por fuera, y quedaba coronada por una guirnalda de oro. El Arca representó para los hebreos la presencia de Dios, al igual que el arca eucarística simboliza la presencia del cuerpo de Cristo.

Análisis técnico

Las técnicas que predominan en esta pieza, realizada en madera, son la talla y el dorado, ejecutadas probablemente por maestros diferentes y especializados. La talla es relativamente simple, dejando el protagonismo en manos de la policromía, y se centra principalmente en la realización de molduras, aparte del basamento con gallones en relieve y los capiteles de las pilastras del cuerpo.

La arqueta destaca por su rica policromía, que combina pintura al temple con estofado sobre oro. La policromía simple la vemos en los bodegones de los laterales del cuerpo; el estofado, en la puerta frontal, la tapa y también en los fondos con motivos vegetales en oro sobre color plano.

El estofado es una técnica compleja para policromar la madera, muy utilizada en España desde el siglo XVI, aunque sus orígenes se remontan a finales de la Edad Media. El material principal es el pan de oro, finas hojas de este metal que se aplican sobre la pieza a decorar, encima de una preparación de yeso y bol (arcilla con adhesivo). Una vez fijado, el pan de oro se pule con piedras de ágata. La capa uniforme de oro resultante se cubre entonces por completo con uno o varios colores de pintura al temple. Sobre esta capa pintada se dibujarán los motivos decorativos, a mano o utilizando plantillas. Entonces, siguiendo estos dibujos, se raspan las capas de pintura y se descubre el oro. El resultado es, por lo tanto, un bello diseño con motivos dorados sobre fondo de color, o viceversa. Esta técnica fue muy utilizada en el arte español y latinoamericano, tanto en la realización de objetos como en la decoración de imágenes religiosas en madera.

Otra técnica muy notable que encontramos en esta arqueta es la del picado de lustre, que dibuja los motivos en el interior de la tapa. Se trata de un procedimiento que vemos en la platería contemporánea, y que utiliza el buril para picar el pan de oro creando áreas o líneas de puntitos, mientras a la vez bruñe la superficie. Por ello, podemos ver los motivos en acabado mate sobre el fondo pulido, realzados por el contraste de calidades. El picado de lustre es una técnica muy antigua, que encontramos ya en época romana pero que en el manierismo geométrico español adquiere un papel esencial. Un detalle curioso, especialmente notable, es que este picado de lustre tiene su eco en el esgrafiado y la policromía a punta de pincel “a la florentina” (perlados creados con gotas, que quedan dorados), que recorren los perfiles de los motivos en el exterior de la tapa igual que el picado los define en el interior.

Contexto histórico

Desde finales de la Edad Media recorría Europa un sentimiento generalizado de insatisfacción con los modos corruptos de la Iglesia de Roma, que incluían no sólo la lujosa vida de los papas, sino también la compraventa de cargos eclesiásticos y la relajación moral de los clérigos. El teólogo y monje agustino alemán Martín Lutero (1483-15) será el primero en cuestionar el dogma establecido, en proponer vías para esta reforma, lo que llevará al nacimiento del protestantismo.

El punto de partida de la Reforma será el año 1517, cuando el papa León X ordenó la predicación de indulgencias (el perdón de los pecados a cambio de limosnas) para la reconstrucción de la basílica de San Pedro. El 30 de octubre de ese año, Lutero fijó en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus noventa y cinco tesis contra la doctrina católica. Las principales bases de su propuesta eran la justificación por la fe (uno se salva por su fe y no por sus obras), el rechazo de la Iglesia como autoridad en la interpretación bíblica, que podría emprenderse libremente por todos los creyentes; la abolición del celibato sacerdotal obligatorio y, finalmente, la reducción de los sacramentos a dos: bautismo y eucaristía. Las ideas de Lutero se extendieron rápidamente, primero por Alemania y pronto también por Inglaterra, Suiza, Países Bajos, Escocia y Francia. La explicación de esta rápida difusión es también política: a todos estos territorios les interesaba desvincularse de la autoridad del emperador Carlos V y del papa, reforzando así el poder de sus propias monarquías.

No obstante, dentro del seno de la Iglesia católica también existían sectores que abogaban por una reforma, sectores que sólo lograron ser escuchados a raíz del cisma con los protestantes. El resultado fue la Contrarreforma, de principios opuestos a los de Lutero, cuyos dogmas fueron fijados en el Concilio de Trento (1545-1563). La Contrarreforma se centró en cuatro aspectos: doctrina, reestructuración eclesiástica y educación del clero mediante la fundación de seminarios, reforma de las órdenes religiosas; vigilancia de la espiritualidad individual a través de la vida piadosa y de la relación personal con un sacerdote y, finalmente, la creación de la Inquisición romana. También se llevó a cabo una unificación litúrgica, que implicó la definición dogmática de la eucaristía como un legítimo sacrificio expiatorio, en el que el pan y el vino se transubstancian en la carne y sangre auténticas de Cristo. De hecho, la exaltación de la eucaristía se convertirá en uno de los temas clave en la lucha de los católicos contra los protestantes.

Dentro de este contexto, el Imperio español se erige como brazo fuerte de la Iglesia Católica. Carlos V (1500-1558) se erige como defensor de la doctrina católica, al igual que hará su hijo, Felipe II (1527-1598). Esto marcará en gran medida el desarrollo del arte hispánico, pero también tendrá consecuencias políticas, como el enfrentamiento con los territorios protestantes. Así, al llegar al trono Felipe III (1578-1621) en 1598, heredará un territorio desmesurado, una guerra contra Holanda e Inglaterra, colosales deudas y una gradual crisis de población debida a la gran epidemia de peste que asoló España entre 1589 y 1591. El nuevo monarca era un hombre sensible, de carácter apacible, estudioso de las matemáticas y muy devoto. Se apartó de las cuestiones mundanas, que no le interesaban, por lo que desde los primeros años de su reinado será clave la figura de Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma. Desde el principio, el duque sirvió de apoyo al inexperto soberano, alegando la veteranía que le daban sus años para asumir la pesada carga del gobierno. El rey, contento de contar con un ministro tan dispuesto, se limitará sólo a firmar los documentos que le entregue el duque, sin preocuparse de los asuntos de Estado, de los que nada entiende. Lerma se convirtió así en el primero de la serie de validos que rigieron los destinos de España a lo largo de los siglos XVII y XVIII. A su muerte, en 1619, le sucedió en el puesto su hijo, el duque de Uceda.

Estilo

A nivel de lenguaje, esta arqueta se enmarca dentro del último manierismo y, más concretamente, dentro del manierismo geométrico. Este estilo se desarrolla desde finales de la década de 1560 y hasta por lo menos 1630, en paralelo al manierismo decorativo, una vertiente más ornamental y fantasiosa que, precisamente por ello, se extendió rápidamente por toda Europa. El manierismo geométrico es un lenguaje en cambio más severo, depurado y desornamentado, por lo que fue menos aceptado en general. Sin embargo, se desarrollará con total plenitud en la España de Felipe II, quien quiso utilizar el arte para dotar de una identidad diferenciada a la monarquía española. Para 1600 la tendencia está en España ya totalmente madura y extendida, y precisamente de ella nacerá el primer clasicismo barroco de la primera mitad del siglo XVII, que comparte numerosos rasgos con el manierismo geométrico.

Una de las bases principales de este lenguaje, que vemos claramente en la arqueta en estudio, es la importancia de la estructura, de modo que la decoración queda en un segundo plano. Buscando la pureza formal se señala insistentemente la estructura mediante formas que recorren sus perfiles, como las molduras o las viñetas que, trabajadas en relieve o en plano, albergan los motivos decorativos. Esto se ve especialmente en el cuerpo de la arqueta, donde encontramos los elementos pintados (bodegones, roleos vegetales, custodia de sol) enmarcados en placas resaltadas en relieve por un perfil moldurado. Asimismo, el frente muestra también recuadros en reserva, a ambos lados de la puerta.

Otra característica básica del manierismo geométrico es, precisamente, la importancia de la geometría, que actúa como hilo conductor unificando la pieza a nivel estructural y ornamental. Así, aquí vemos cómo la forma rectangular se repite constantemente, en planta y alzado, en perfecto equilibrio de proporciones. Sólo aparece la línea curva en el basamento, un detalle que nos habla ya del avance del decorativismo barroco. También en la ornamentación pintada se aprecia el avance del nuevo lenguaje y su tendencia a sustituir los motivos geométricos por los vegetales. Se advierte asimismo una incipiente teatralidad barroca, el dinamismo estructural del nuevo lenguaje, en un detalle que, aunque no evidente, es clave: la disposición de las pilastras del cuerpo. Como hemos mencionado más arriba, se colocan de una forma que puede parecer extraña, separadas de los ángulos del muro y no sobre éstos. De este modo el corte de la base de la arqueta, su planta, resulta un rectángulo con tres salientes en pico en las esquinas que introduce dinamismo y sorpresa ‒teatralidad‒ en el diseño.

Estudio comparativo

Aunque la arqueta que aquí abordamos es un ejemplo raro, tanto por su riqueza como por su estado de conservación, en el Patrimonio Nacional español podemos encontrar piezas con puntos comunes a ella, objetos utilizados para fines religiosos diversos. Un ejemplo es la arqueta limosnero conservada en el Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid (nº inv. CE01087, fig. 1), que comparte con la pieza en estudio la estructura geométrica, remarcada por molduras, y el juego de cajeados en relieve, así como el trabajo de madera tallada. Sin embargo, sería una arqueta más temprana en cuanto a lenguaje, aún del pleno siglo XVI, sin ninguna influencia barroca, así como más pobre en cuanto a la decoración, ya que carece de pinturas. En el mismo museo se conserva otra arqueta (nº inv. CE19968, fig. 2), concebida como relicario y realizada por el platero Francisco Merino en oro y plata con mármol y esmaltes. Dado que es una pieza de platería de alta calidad, muestra una gran riqueza y una finura de detalles que no permitiría nunca el trabajo en madera. Sin embargo, comparte con nuestra arqueta la estructuración arquitectónica y el uso de la geometría.

Otra pieza cercana es el la arqueta del relicario del monasterio de Fitero, en Navarra (fig. 3). Presenta molduras que remarcan las líneas de la estructura y tapa de artesa rematada por una cornisa, como nuestra arqueta eucarística. La de Fitero está también pintada, y muestra una decoración similar en la tapa, de estilo manierista con composiciones simétricas y principalmente vegetales.

A nivel iconográfico encontraremos también paralelos, especialmente en cuanto al motivo que decora la puerta de esta arqueta: la custodia de sol. Vemos el mismo elemento, por ejemplo, en una puerta de sagrario contemporánea a nuestra arqueta conservada en el Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid (nº inv. CE01034, fig. 4).

Bibliografía

MARTÍN GONZÁLEZ, J.J. “Sagrario y manifestador en el retablo barroco español” en Imafronte, nº 12, 1998, pp. 25-50.

PÉREZ DE CASTRO, R. “«Et posuit eum in monumento exciso». Arquetas eucarísticas, monumentos y sargas de Semana Santa en Palencia (siglos XVI-XVIII)”, en La Semana Santa: Antropología y Religión en Latinoamérica II (J. L. ALONSO PONGA et al, coords.). Valladolid, 2010, pp. 387-402.