Andrés Cortés Aguilar

Andrés Cortés Aguilar (Sevilla, 1812 – 1879)
Rebaño ante un paisaje
Óleo sobre lienzo
56 x 70 cm sin marco
66 x 80 cm con marco

Montañas monumentales que, envueltas en niebla, se alzan sobre los valles verdes vislumbrados tras el primer plano. Un grupo de ovejas y vacas descansando, una imagen apacible y serena que contrasta con el fondo casi fantástico en su carácter romántico, sublime. No obstante, escena y escenario comparten ese carácter de ensueño que nos invita a meditar, a contemplarnos a nosotros mismos en el paisaje. Absoluta reverencia religiosa por la naturaleza en plenitud, sin más presencia humana que la nuestra.

Descripción

Descripción y análisis formal

Esta obra nos muestra en primer término un escenario de rocas y musgo, un plano trabajado en tonos cálidos ‒verdes y terrosos‒ con los que se funden a la perfección los blancos, ocres y marrones del pelaje de los animales. Vacas y ovejas descansan en este remanso rocoso, solas en apariencia, aunque el pastor no puede hallarse muy lejos. La composición de este primer plano dibuja una suave pero clara diagonal, que parte de la zona media del lado izquierdo del cuadro y va descendiendo hacia el lado derecho, donde aparece un carnero en segundo término, claramente destacado en el espacio, perfectamente descrito aunque se halle más lejos que el resto de los animales.

Más allá vemos suaves colinas verdes envueltas en bruma, sus colores desvaídos pero luminosos, infinitamente matizados, reflejando con naturalismo la profundidad del espacio. De hecho, hay una gran separación entre el primer término y las colinas, tal y como nos indican la escala y el propio cromatismo. Sobre los verdes se alza la niebla, que se hace más densa hacia el lado izquierdo subrayando la composición en diagonal, mientras se abre en el derecho para mostrarnos las inmensas montañas, que llegan a salirse del marco, cerrando el espacio pese a su lejanía. Cortés trabaja estos picos con unos delicadísimos tonos violetas, cambiantes y combinados con vetas de dorados y verdes, creando una imagen turbulenta, sublime, netamente romántica.

El pintor construye en este lienzo una imagen que enlaza romanticismo y costumbrismo de una forma personal que, por otro lado, hunde sus raíces en las tradiciones española y europea del género. El espacio se construye de un modo netamente romántico, con una perspectiva en abismo que tiene como complemento una ligera confusión de puntos de vista; el paisaje se concibe de forma escenográfica, con una neta separación entre el primer plano y el fondo que incide en el carácter heroico de la naturaleza y, a la vez, se combina con una luz que transmite una atmósfera de neblina, turbia, como de ensueño, que invita a la identificación emocional con la naturaleza.

Uno de los aspectos más radicales de la pintura romántica fue el intento de sustituir los grandes lienzos de tema histórico, religioso o mitológico por el paisaje. Los pintores románticos pretendían que el paisaje puro, con pocas figuras o totalmente carente de ellas, alcanzara la significación heroica de la pintura de historia. Se basaban en la idea de que el sentimiento humano y la naturaleza debían ser complementarios, uno reflejado en el otro; el paisaje debía despertar emoción y transmitir ideas elevadas. Así, paisajistas como Cortés trataron de expresar sus sentimientos a través de la naturaleza, en lugar de simplemente imitarla o idealizarla.

Andrés Cortés

Nacido en el seno de una familia cuya tradición artística se inicia a finales del siglo XVIII, Andrés Cortés fue autor de una obra fecunda y muy personal. Su padre, Antonio Cortés, había sido discípulo del francés Constantin Troyon, pintor de paisajes y animales. Andrés, a su vez, desarrolló su primera formación en el taller paterno, lo que determinó su preferencia por los paisajes con rebaños, género que define gran parte de su producción y en el que llegó a ser uno de los mejores especialistas de su tiempo. Finalizada esta primera etapa de formación con su padre, Cortés ingresará en la Real Escuela de las Tres Nobles Artes de Sevilla, donde estudiará entre 1829 y 1838. Por estos mismos años se inaugura el Liceo Sevillano, en el que el pintor participará desde el principio de su carrera.

Andrés Cortés destacó como gran paisajista del costumbrismo hispalense, con obras en las que se mostró especialmente influido por los maestros holandeses del siglo XVII, algo común entre los pintores sevillanos de paisaje de este momento. Pero lo que determinó finalmente su reconocimiento en el mundo del arte fue su amistad con su gran protector, el industrial vasco J. M. Ybarra y Gutiérrez, futuro conde de Ybarra, quien le encargó numerosas obras. Su fama y su prestigio irán creciendo; ya en 1862 es nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla, y en 1871 es condecorado como comendador de la Real Orden de Isabel la Católica. Cortés desarrolló toda su carrera en Sevilla, donde fue profesor de la Escuela de Bellas Artes y participó regularmente en las Exposiciones de Bellas Artes, siendo premiado con medalla de plata en 1858. A lo largo de su vida se sucederán los honores y ostentará diversos cargos destacados, llegando a ser socio fundador de la Diputación Arqueológica de Sevilla, presidente de su clase de Artes, corresponsal de la Real Academia de Arqueología y Geografía del Príncipe don Alfonso y de la de Córdoba y socio de la Sociedad Sevillana de Emulación y Fomento.

Cortés pintó diversas vistas sevillanas de composición ambiciosa, como su Feria de Sevilla (Museo de Bellas Artes de Bilbao), que destacan por su atención tanto a la descripción de edificios y monumentos como a la de los tipos e indumentarias de los personajes que las pueblan, con un colorido vivo y brillante. Sin embargo, la mayor parte de los cuadros conocidos del artista, y con los que debió mantener su carrera debido a su atractivo y a su pintoresquismo, fueron los paisajes rurales con rebaños, casi siempre cabañas de ovejas o vacas guiadas por sus pastores. Realizó también algunos retratos discretos, como los de Nicolás Antonio, José María Ybarra y Rodrigo Ponce de León. Fue, además, interesante pintor de tipos, faceta de la que es buena muestra El tío Gamboa de Hinojos (colección particular). Se conoce igualmente de su mano alguna pintura de tema religioso, y se tiene además noticia de un lienzo histórico de grandes dimensiones pintado por Cortés en 1848, que representaba a Guzmán el Bueno armando caballero a su hijo, obra que tuvo cierto eco en la prensa sevillana de su tiempo y que fue adquirida por los duques de Montpensier.

Análisis temático

La pintura de paisaje como género moderno nace en Flandes entre los siglos XVI y XVII, cuando vemos los primeros escenarios naturales ya sin figuras, sin un tema figurativo como excusa. Durante el siglo XVI se van dando precedentes: Durero pintó numerosas acuarelas de paisajes, y artistas como Joachim Patinir o Pieter Brueghel el Viejo redujeron los temas religiosos o costumbristas hasta convertirlos en una mera anécdota o detalle dentro del paraje natural protagonista. En España tenemos también un importante precedente del paisaje “puro”: la Vista de Toledo que pintó El Greco al final de su vida, en los primeros años del siglo XVII.

Será por tanto en el Barroco cuando la pintura de paisaje se establezca definitivamente como género en Europa. Vinculado al desarrollo de la burguesía y el protestantismo, tuvo su principal núcleo en los Países Bajos, en Flandes y Holanda. Pintores como van Goyen, Ruysdael, Hobbema y Avercamp se especializaron en la pintura de paisaje sin figuras, y con ellos nace la moderna concepción del paisaje naturalista. Y dentro de esta escuela holandesa algunos pintores se especializaron en la representación de animales: Paulus Potter gustará especialmente de representar vacas en sus llanuras y pastos, Frans Snyder pintó violentas escenas de caza protagonizadas por perros. Nace así el subgénero del paisaje con animales, generalmente ganado o temas cinegéticos, dado que se trata de pintores de interés costumbrista y contemporáneo, de afán naturalista. Fuera de Flandes encontramos, en el paso del siglo XVII al XVIII, la destacada figura de Philipp Peter Roos, pintor alemán que desarrolló su carrera en Italia y que pintó, preferentemente, vacas y ovejas en primer plano, a gran tamaño, en escenarios naturales.

Dentro de la revolución que experimentó el género durante el siglo XIX a raíz del romanticismo, el paisaje con animales seguirá apareciendo en la obra de notables artistas como John Constable, y de hecho la pintura de animales, con éstos como protagonistas y el paisaje ya como mero telón de fondo, gozará de un gran desarrollo. Sin embargo, el renacimiento del costumbrismo en esta centuria tendrá como consecuencia una aproximación diferente al paisaje entre muchos artistas. Dentro del contexto de los nacionalismos, los pintores buscan representar la identidad de sus pueblos a través de sus costumbres, tipos y escenarios naturales, por lo que la pintura de paisaje con rebaños y cañadas, con pastores y campesinos, será muy del gusto de la época.

Contexto histórico

El siglo XIX será un momento de gran complejidad en España, marcado por los enfrentamientos bélicos pero también por la modernización de la agricultura y el nacimiento de la industria. La vieja monarquía absoluta dará paso a una parlamentaria y constitucional, y de la antigua sociedad feudal se pasará poco a poco a una estructura de clases compuesta por burgueses y obreros.

El dinamismo social se extenderá también a las artes; la revolución burguesa y el liberalismo económico romperán el marco en el que tradicionalmente se situaba el arte, quebrándose los mecenazgos de la Iglesia, la monarquía y la aristocracia para ser sustituidos por el Estado liberal y parlamentario y la burguesía capitalista. El artista se encuentra por primera vez libre frente al mercado y la iniciativa individual, lo que dará lugar a un subjetivismo anárquico que marcará el siglo XIX con todo tipo de tendencias artísticas diferentes, a menudo contrapuestas.

El siglo se inicia con la Guerra de la Independencia contra Francia, a la que seguirá la conocida como crisis del Antiguo Régimen en las primeras décadas de la centuria. Hasta entonces, España había sido una monarquía absoluta y unitaria, con el rey como única fuente de justicia, legislación y gobierno. Fernando VII trató de mantener el poder absoluto de sus predecesores pero se encontró con la firme oposición de los liberales, quienes lograron promulgar la Constitución de Cádiz en 1812. Los constantes enfrentamientos y la represión ejercida por el rey no lograron, no obstante, detener el cambio.

El reinado de Isabel II ocupará las décadas centrales del siglo, entre 1833 y la Revolución de 1868, y se caracterizará por un intento de modernización del país que se verá contenido, sin embargo, por las tensiones internas de los liberales, la presión ejercida por los absolutistas, la influencia del estamento militar y las dificultades económicas. Todo ello impidió que se consolidase el tránsito del Antiguo Régimen al Estado liberal, por lo que España llegó al último tercio del siglo XIX en condiciones desfavorables respecto a otras potencias europeas.

La segunda mitad del siglo XIX se caracteriza en el país por un rápido crecimiento de la población que, sin embargo, no tiene como contrapartida un gran desarrollo económico ni industrial, siendo Cataluña y el País Vasco las únicas regiones donde se aprecia una notable industrialización. Es por ello que el auge de la burguesía que se produce en este momento no se extenderá uniformemente por todo el país, sino que se centrará en las zonas más desarrolladas económicamente, quedando en el resto de España una sociedad eminentemente tradicionalista, basada en la agricultura y la ganadería.

Escuela

Tradicionalmente, la pintura y la literatura españolas se han interesado por las costumbres y los tipos populares. No obstante, la llegada del romanticismo vivificó esta corriente, aportando a la tradición hispana la visión que los extranjeros tenían de nuestro pueblo. Así la burguesía nacional europeizante y liberal, por influencia extranjera y bajo la moda romántica, vuelve los ojos al pueblo y los monumentos del pasado. Esto, general en toda España, se dará preferentemente en lo andaluz, por ser esta tierra meta soñada de los extranjeros, y donde se hubo de sentir más fuertemente el influjo de la visión éstos que tenían del español y sus peculiares costumbres. Así, de las dos escuelas costumbristas fundamentales, la sevillana incide en un pintoresquismo amable y folclórico, alejado de cualquier intento de crítica social; por su parte, la madrileña es más acre y dura, llegando en ocasiones a mostrar no sólo lo vulgar, sino incluso recreándose en visiones desgarradas de un mundo tópico barriobajero, en el que el ánimo de crítica es evidente.

A los precursores gaditanos Juan Rodríguez y Jiménez (1765-1830) y Joaquín Manuel Fernández Cruzado (1781-1856) siguió un espléndido desarrollo de la escuela de Sevilla, donde parece que jugó papel importante la ya mencionada influencia extranjera debido a la afluencia de artistas y viajeros a la ciudad, y por el interés de la clientela foránea por las escenas costumbristas españolas. Este hecho queda corroborado por la clientela artística extranjera que tuvieron los pequeños y amables cuadros costumbristas del que fuese uno de sus iniciadores, José Domínguez Bécquer (1805-1841), creador y formulador principal de esta temática. También jugó importante papel en la configuración del costumbrismo sevillano Antonio Cabral Bejarano (1788-1861), quien insiste no en las escenas sino en las figuras aisladas, que capta con cierta teatralidad, fondos paisajísticos de sabor local y vaporosa atmósfera murillesca.

En lo que se refiere al paisajismo, destaca en las décadas centrales del siglo XIX la escuela sevillana dada la predilección de la gran mayoría de visitantes por la ciudad. Sevilla era entonces emblema de lo español, preferida junto a la deslumbrante Granada por todos los viajeros románticos en la península. En esta escuela se desarrollarán por tanto distintas formas de concebir el paisaje, desde el histórico o fabulado a las vistas de monumentos de un pasado esplendoroso, pasando por la naturaleza campestre y rural. De esta forma en Sevilla parecían unirse la gracia de lo pintoresco y el vértigo de lo sublime, con la consecuente fascinación de los viajeros. En este contexto, Andrés Cortés y su familia constituirán un ejemplo paradigmático con sus escenográficos paisajes cuidadosamente compuestos a base de planos contrastados por luces y sombras.

Bibliografía

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