Ignacio Pinazo Camarlench

Ignacio Pinazo (Valencia, 1849 – Godella, 1916)
Desnudo femenino (academia)
Óleo sobre lienzo
92 x 54,7 cm sin marco
130 x 94 cm con marco
Firmado en el ángulo inferior izquierdo

Todo vibra en torno a la mujer, nada permanece salvo su figura rotunda, viva, completamente presente. Todo se deshace a su alrededor, sólo ella es sólida, sólo su cuerpo permanece mientras que hasta su mano, en movimiento, se desdibuja. Más allá de la sensualidad de lo entrevisto, de la visión de la intimidad prohibida, contemplamos la vida en toda su riqueza, en su hermosa mutabilidad. Pinazo avanza hacia la modernidad recordando a Velázquez, y abre el camino a Sorolla con un lenguaje de pincelada deshecha que quiere captar la fugacidad de lo real, el latir de la vida.

 

Descripción

Descripción y análisis formal

Pinazo trabaja en esta academia, probablemente una obra temprana dentro de su carrera, con sus personales colores negros y terrosos, tonos neutros y oscuros sobre los que brilla, reflejando la luz, la piel desnuda de una mujer sentada en un sencillo banco de madera. Su cuerpo se gira desde las rodillas para darnos la espalda, mostrándonos la nuca, la cabeza inclinada, el pecho y la línea del abdomen, finalmente las piernas cruzadas afianzando la posición. El movimiento de la mujer es captado por el pintor con la destreza propia de un maestro del impresionismo; el cuerpo gira y se cierra sobre sí mismo, ocultándose a nuestra mirada por momentos, el brazo derecho en el aire, la mano apenas un borrón en movimiento, aunque magníficamente trabajada en el espacio, perfectamente integrada en la atmósfera. A su alrededor el aire vibra con pinceladas sueltas, enérgicas, que aportan vida al fondo neutro y oscuro heredado del gran maestro de la pintura española, Diego Velázquez. Como en las obras de aquél, aquí el espacio y la figura se funden a la perfección, se palpan casi el aire alrededor de la modelo, la luz que vibra sobre su piel. También como Velázquez, Pinazo capta la vida bullente de la figura a través de una pincelada gestual, hábilmente controlada, y de un sutilísimo juego cromático a base de colores neutros. La materia pictórica se acumula o se retira, reflejando el carácter eternamente mutable de la realidad misma.

En esta academia, obra por tanto de estudio, de aprendizaje, vemos también un gran dominio de la composición y del dibujo. La figura es grande, monumental, y su silueta se acerca y aleja de los márgenes del lienzo creando expresivos momentos de tensión espacial que dotan de una majestuosidad corpórea a la imagen. Este juego dinámico se sustenta asimismo en un dibujo firme y poderoso en su trazo, cuya fuerza permanece bajo la capa de pintura, evitando que se pierda la rotundidad de las formas. De este modo Pinazo construye a la vez corporeidad y espacio tridimensional sin más elementos que lo apoyen que el trazo, la pincelada y un magnífico modelado de las luces y las sombras, de nuevo heredero de maestros barrocos como Velázquez.

Ignacio Pinazo

Nacido en el seno de una familia humilde, Pinazo se vio obligado desde muy joven a contribuir con diferentes ocupaciones al sostenimiento de su hogar. Sólo había cursado el octavo año en la escuela cuando su madre murió de cólera, por lo que pronto hubo de emplearse en diversos oficios, entre los que se incluyen los de platero, decorador de azulejos, hornero, dorador y pintor de abanicos. Sin embargo, su carácter tenaz y trabajador le llevó a desarrollar en paralelo una formación artística reglada desde su adolescencia, mientras se ganaba la vida como sombrerero. Así, en 1864 ingresará en la Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, donde fue discípulo de José Fernández Olmos. Es más que posible que este origen proletario, su familiaridad con el trabajo directo de los materiales, determinara en gran medida la personalidad de su lenguaje maduro, que algunos acercan al de Francisco de Goya en su autonomía emocional y expresiva.

En 1871 Pinazo se presentó por primera vez a la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid, y dos años más tarde la venta de un cuadro le permite costearse el que será su primer viaje de estudios a Roma. Hasta entonces el joven pintor había desarrollado un estilo de carácter academicista, pero a partir de su estancia en Italia iniciará una línea pictórica más íntima, enmarcada dentro del impresionismo.

En 1876 regresa a Roma, en esta ocasión gracias a una beca que le permitirá permanecer en la capital italiana hasta 1881. Será precisamente allí donde comience a pintar sus grandes cuadros de historia, obras originales que se alejan de los convencionalismos del género imperantes entonces. Sin embargo, a su regreso a Valencia abandonará los temas históricos y en su lugar comenzará a pintar escenas familiares, desnudos y temas de la vida cotidiana. Además, comienza a pintar al aire libre, al modo de los impresionistas franceses. De hecho, actualmente es considerado precursor, tanto en la temática como en el estilo, de Joaquín Sorolla y de Francisco Domingo.

En 1884 Pinazo marchará temporalmente de Valencia debido a una epidemia de cólera, instalándose en la casa que el banquero José Jaumandreu poseía en la cercana localidad de Bétera. Desde su regreso ese mismo año, y hasta 1886, ejercerá la docencia en la Escuela de Bellas Artes de Valencia. Durante estos años recibirá numerosos encargos de la aristocracia valenciana, mientras muestra sus obras al público en las Exposiciones Nacionales, centro absoluto del panorama artístico de la España de la época. Fue galardonado en dichas muestras con medalla de plata en 1881 y 1885 y con la de oro en 1897 y 1899. Su reconocimiento le llevará también a ser nombrado académico de San Carlos (Valencia) en 1896 y de San Fernando (Madrid) en 1906, y de hecho a su muerte, en 1916, se sucederán los actos conmemorativos de su vida y su obra.

Análisis temático

La concepción del dibujo del natural como eje fundamental de los estudios de las academias de pintura nace en el Renacimiento italiano, a raíz de los planteamientos teóricos y prácticos de Vasari y Zuccaro. En la Italia del XVI se crean las primeras academias propiamente dichas, y su modelo se difundirá pronto por España ‒vinculada política y socialmente a Italia a través del virreinato de Nápoles, territorio español‒ y el resto de Europa. El modelo italiano se convertirá en el referente de la cultura artística más avanzada, evolucionando posteriormente hasta la creación de las Reales Academias de Bellas Artes en el siglo XVIII.

Si bien en España encontramos academias ya a principios del siglo XVII, serán creadas fundamentalmente en los talleres de los pintores, sin apoyo institucional, por lo que no lograrán perdurar en el tiempo. Habremos de esperar hasta 1648, año de la fundación de la Real Academia de Bellas Artes de París bajo el patrocinio de Luis XIV. Basada en el modelo italiano, esta academia francesa creará una estructura jurídica y curricular que se convertirá en el modelo a implantar en el resto de Europa, y que desembocará finalmente en las Reales Academias de Bellas Artes: de San Fernando en Madrid en 1752, Saint Martin’s Lane en Londres en 1768, etc. Según este modelo francés, la piedra angular de la enseñanza de la academia era el dibujo del natural, de modelo vivo.

Este tipo de dibujos realizados a partir de un modelo vivo eran estudios de anatomía, movimiento y composición, y siguen siendo conocidos a día de hoy con el nombre de academias. Con el tiempo, estas obras se realizarán no sólo a carbón o plumilla, sino también como bocetos completos al óleo, combinando el estudio de la figura y la luz con el del color.

Contexto histórico

La segunda mitad del siglo XIX se caracteriza en España por el rápido crecimiento de la población que, sin embargo, no tiene como contrapartida un gran desarrollo económico ni industrial, siendo Cataluña y el País Vasco las únicas regiones donde se aprecia una notable industrialización. Es por ello que el auge de la burguesía que se produce en este momento no se extenderá uniformemente por todo el país, sino que se centrará en las zonas más desarrolladas económicamente, quedando en el resto de España una sociedad eminentemente tradicionalista, basada en la agricultura y la ganadería.

Es además una época de complicada situación política; hasta 1868 predomina la tendencia liberal moderada, pero ese año la Revolución Gloriosa destrona a la reina Isabel II y la burguesía progresista se alza con la victoria. Un año más tarde se proclamará una Constitución que defiende derechos nuevos como la libertad de expresión, de prensa o de culto, que sin embargo se topará con una fuerte oposición por parte del sector tradicionalista. Este enfrentamiento dará lugar en 1872 a la Tercera Guerra Carlista, que finaliza en con la restauración de la monarquía (1874-75). Alfonso XII, hijo de Isabel II, es coronado rey de España y se presenta como monarca católico, constitucionalista y liberal. Se inicia entonces un periodo de paz que alternará gobiernos conservadores y liberales y que verá nacer en España el movimiento obrero. El siglo se cierra con el estallido en 1898 de la guerra con Estados Unidos, perdiéndose ese mismo año las últimas colonias: Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam. Esta pérdida provocó en la sociedad española un estado de frustración y pesimismo que daría lugar a una nueva época basada en la demanda de la democratización del Estado y del fin del caciquismo y la corrupción.

Escuela impresionista española

El desarrollo del impresionismo en España tendrá su origen, al igual que en Francia, en la escuela de Barbizon de mediados del siglo XIX. Fue clave la figura de Carlos de Haes, pintor belga afincado en Madrid que se convirtió en 1857 en profesor de paisaje en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Desde su cátedra, Haes promovió la reproducción fiel de la naturaleza siguiendo, precisamente, la tradición de Barbizon. Entre sus alumnos encontramos a Aureliano de Beruete y Darío de Regoyos, dos de los principales representantes del impresionismo hispano. Asimismo, muchos artistas españoles realizarán viajes de estudio a París y Bruselas, donde entrarán en contacto con la pintura al aire libre. Finalmente, la escuela cristalizará entre 1886 y 1890, momento de recepción de las aportaciones europeas del impresionismo y el postimpresionismo.

Mención aparte merece la escuela impresionista valenciana, que tiene como principal impulsor a Ignacio Pinazo. Pintor que trabajaba al aire libre, directamente en la naturaleza, muestra rasgos impresionistas en sus obras a partir de 1872. Su temática, inspirada en la luz y las costumbres mediterráneas, marcó la pauta para pintores más jóvenes como Joaquín Sorolla y Francisco Domingo y diferenció el impresionismo valenciano del cultivado en el resto de España. Así, en una Valencia de economía agraria, casi sin burguesía industrial y con altos índices de analfabetismo, floreció contra todo pronóstico una escuela de pintura brillante y moderna, uno de los colectivos creativos más importantes de la España de aquel tiempo.

Estudio comparativo

Ignacio Pinazo realizó diversos estudios del desnudo femenino, siempre buscando captar el instante fugaz, inmortalizarlo a través de su sabio trabajo de la pincelada y el color. Así, encontramos paralelos a la obra en estudio en obras como Desnudo de mujer (1912, Museo del Prado, fig. 1), una pintura sin duda posterior por fechas a la nuestra, en la que sin embargo podemos ver una concepción similar del cuerpo femenino en la intimidad, ocultándose y dejándose ver a la vez, como ocurre en nuestro lienzo.

También su dibujo José haciendo burbujas de jabón (h. 1883, Prado, fig. 2) se muestra cercano a nuestra academia; en él vemos ese mismo trazo desenvuelto, creador de formas y volúmenes, de una anatomía rotundamente corpórea, real. Otro dibujo de su hijo, titulado José sentado al piano (h. 1883, Prado, fig. 3), evidencia la misma forma de abordar la figura: de espaldas, ignorante de nuestra presencia, rodeada por un entorno que se desdibuja y no le resta protagonismo, centrando la mirada del espectador en la imagen fugaz.

Finalmente hemos de señalar también las similitudes a nivel compositivo entre nuestra obra y un Autorretrato con paleta (sin fecha, IVAM, fig. 4). En ambas pinturas, de colorido por otra parte muy cercano, la figura se relaciona de igual manera con el marco, acercándose a él y alejándose, como si estuviera a punto de salir de nuestro campo de visión. 

Bibliografía

AGUILERA CERNI, V. Ignacio Pinazo Camarlench. Valencia, Vicent García Editores, 1982.

VV.AA. Los Pinazo: cien años de expresión artística. Valencia, Comunidad Valenciana, 1991. Catálogo de exposición.

VV.AA. Ignacio Pinazo en la colección del IVAM. Madrid, Aldeasa, 2001.

VV.AA. Momentos (1864-1916). Valencia en la época de Ignacio Pinazo. Valencia, Fundación Bancaja, 2001. Catálogo de exposición.