Narcisse Virgile DIAZ DE LA PEÑA

Narcisse-Virgile Díaz de la Peña (Burdeos, 1808 – Menton, 1876)
La charca en el bosque
Óleo sobre lienzo
89 x 117 cm

La luz creadora del color, el color dando forma a los volúmenes: la húmeda atmósfera surgiendo de esos delicados juegos tonales en los que Díaz fue maestro. El bosque captado en un momento único, fugaz e irrepetible, un instante efímero de luz y color; el artista tratando de ocultar su mano pero incapaz de esconder su mirada, su amor por la naturaleza tal cual es, sin artificios ni construcciones líricas o intelectuales.

 

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Descripción y análisis formal

Díaz demuestra en este paisaje boscoso sus magníficas dotes como colorista; los tonos iluminados por la luz plateada que se filtra entre las nubes y se refleja en el agua, delicados y frescos, emergen de entre los ocres, verdes y terrosos cálidos, revelando el carácter mágico de la naturaleza real, cotidiana, alejada de toda idealización. Junto a la charca, un punto de color brillante: la falda roja de una mujer que pasea apoyada en un bastón, con camisa y delantal blancos y un chal amarillo que parece reflejar los brillos dorados de las copas de los árboles.

Los bosques de Díaz son conocidos como lo mejor de su obra; quizás su mayor defensor fue Théophile Thoré quien, en una reseña del Salón de 1846, anotó que el artista “no nos muestra un árbol o una figura, sino el efecto de la luz del sol en esta figura o en ese árbol”. Dos años antes, el mismo Thoré había escrito que “Monsieur Díaz ha estudiado mucho en los rincones más vírgenes del bosque de Fontainebleau… Los árboles, el terreno, las sombras de sus paisajes tienen un aspecto extraño y muy poético”. El maestro bordelés fue especialmente admirado por sus representaciones del sotobosque, muy a menudo con pequeñas charcas en claros bajo el dosel de los árboles. Esto es justo lo que aquí vemos: los árboles, definidos por los juegos de luces y sombras infinitamente matizados, como apuntó Thoré, se abren para mostrarnos una limpia charca cuya espejada superficie refleja el cielo nuboso. A través de las copas de los árboles, que cubren por entero la mitad superior del lienzo, entrevemos el intenso azul de un celaje que, adivinamos, se despeja en su parte alta mientras se arremolinan las densas nubes hacia el horizonte, sobre las montañas nevadas.

La composición tiende a la simetría, con árboles que se alzan casi verticales a ambos lados de la charca, eje de la escena que se prolonga también verticalmente, a través del color, en el cielo visible  en la abertura del follaje. A ambos lados la luz se va desvaneciendo, hábilmente oscurecida por la mano sabia de Díaz, maestro del tratamiento de las sombras y las medias luces. El color vibra en toda la escena, la luz reverbera y da forma a los motivos, reflejando con acierto la mutabilidad de la naturaleza, la fugacidad del instante efímero inmortalizado por el pincel.

Biografía

Pintor francés de la escuela de Barbizon, hijo de padres españoles, Narcisse Díaz de la Peña inició su formación en los talleres de la Real Fábrica de Porcelana de Sèvres a los quince años, en 1822. Allí fue discípulo del maestro Arsène Gillet y se empleó como decorador, si bien el rígido horario de trabajo le llevará finalmente a abandonar la fábrica para dedicarse a la pintura en París, de la mano de su maestro y amigo François Souchon. En esta primera etapa de su vida se dedicará a pintar figuras orientales vestidas con ricas telas de suntuosos y brillantes colores. Admirador de Eugène Delacroix y fascinado por Los orientales de Víctor Hugo, creó en esta época algunas de sus obras más admiradas, dentro del orientalismo de raíz romántica tan propio de la Francia del momento.

No obstante, su inicial interés por la figura irá declinando en favor del paisaje, género en el que se revelará toda su maestría. En torno a 1831 conocerá al padre de la escuela paisajística de Barbizon, Théodore Rousseau, cuatro años más joven que él pero ya brillante en su forma de acercarse a la pintura. Pese a la inicial oposición del propio Rousseau, por aquel entonces recluido en su casa por motivos de salud, alejado del mundo, Díaz logró ganarse su amistad y su enseñanza. A partir de 1837 se integrará en la escuela de Barbizon, centrándose en la pintura al aire libre en los bosques de Fontainebleau. Su lenguaje evolucionará entonces hacia un magistral tonalismo, quedando ya atrás su fuerte colorido inicial.

Díaz desarrolló desde entonces una obra centrada en el paisaje, que en ocasiones utilizará como telón de fondo para la representación de escenas de alegóricas, mitológicas o costumbristas. Una de ellas, El descenso de los bohemios, obtuvo un gran éxito en el Salón de París de 1844. Brillantes ejemplos de sus pinturas de figura son también Diana (1849) y Figuras y perro en un paisaje (1852), actualmente conservadas en el Metropolitan Museum de Nueva York. Por estos mismos años, en 1849, Díaz se atrevió a organizar una venta de bocetos y estudios pintados del natural, en lugar de las obras acabadas que vendía el resto de artistas. Aunque en un principio obtendrá por estos estudios un precio relativamente bajo, repetirá esta venta anualmente e irá obteniendo cada vez mayores beneficios. En paralelo seguirá mostrando sus pinturas en el Salón parisino, donde se le conocía como “encantador colorista”; allí fue premiado regularmente y llegó a ser condecorado en 1851 con la Legión de Honor francesa. También participó en el otro gran salón parisino de la época, el de los Artistas Franceses. En obras como Otoño: la charca en el bosque (1867, Metropolitan), se aprecia cómo su lenguaje irá madurando, evolucionando a través de pigmentos cada vez más ricos unificados por traslúcidas veladuras.

Aunque no tuvo discípulos de renombre, su obra matérica y rica en efectos lumínicos, precursora del impresionismo, influirá a notables pintores como Jean-François Millet. Su magistral tratamiento del color fue, por otra parte, la cualidad que más apreciaba de su estilo el que fuera uno de sus más fervientes admiradores, Vincent van Gogh.

A partir de 1862 Díaz visitará regularmente la costa de Normandía, donde pintará marinas junto a su amigo Gustave Courbet. Pese a sus muchas amistades dentro del movimiento impresionista no participará en la primera exposición del grupo, celebrada en 1874, debido a su mala salud. Ya por entonces sufría de tuberculosis, enfermedad que le llevará a la muerte dos años más tarde. De esta última etapa destacan brillantes paisajes boscosos como El borde del bosque en Les Monts-Girard, Fontainebleau (1868) y En el bosque (1874), ambas hoy en la National Gallery of Art de Washington D.C. De hecho, a día de hoy se pueden contemplar obras de Díaz en destacados museos tanto de Europa como de América, entre ellos el Mint Museum de Charlotte, el Victoria & Albert y la Wallace Collection de Londres, el ya mencionado Metropolitan de Nueva York o el de Orsay en París, entre muchos otros.

Análisis temático

La pintura de paisaje como género moderno nace en Flandes entre los siglos XVI y XVII, cuando vemos los primeros escenarios naturales ya sin figuras, es decir, sin un tema narrativo como excusa. Durante el siglo XVI se van dando precedentes: Durero pintó numerosas acuarelas de paisaje, y artistas como Joachim Patinir o Pieter Brueghel el Viejo redujeron los temas religiosos o costumbristas hasta convertirlos en una mera anécdota o detalle dentro del paraje natural protagonista. En los primeros años del siglo XVII encontramos en España un importante precedente del paisaje “puro”: la Vista de Toledo del Greco.

Será por tanto en el Barroco cuando la pintura de paisaje se establezca definitivamente como género en Europa. Vinculado al desarrollo de la burguesía y el protestantismo, tuvo su principal núcleo en los Países Bajos, en Flandes y Holanda. Pintores como van Goyen, Ruysdael, Hobbema y Avercamp se especializaron en la pintura de paisaje puro, y con ellos nace la moderna concepción del paisaje naturalista. En paralelo, durante el XVII nace en Italia el paisaje clasicista de la mano de los pintores franceses Nicolas Poussin y Claude Lorrain. Las suyas serán escenas inspiradas en la antigua Arcadia griega, míticas e idealizadas, asentadas en entornos naturales ordenados al modo clásico, de composiciones armónicas. Poussin, Lorrain y sus seguidores trataron de elevar la apreciación del género del paisaje no sólo a través de la integración de la naturaleza con temas considerados nobles, sino también al dotar a los elementos naturales de sentido alegórico y, sobre todo, al enfatizar la heroica supremacía de la naturaleza sobre la humanidad, algo que compartieron con sus contemporáneos holandeses.

Durante el siglo XVIII, el foco central de la pintura de paisajes pasa de Italia y los Países Bajos a Inglaterra y Francia. Los franceses Watteau, Fragonard y Boucher plasmaron escenas líricas y románticas ‒fêtes galantes‒ en sus escenarios naturales, glorificando el paisaje a través de un colorido delicado y un tratamiento preciso y detallista. El rococó británico, en paralelo, tiene como principal representante a Richard Wilson, quien pintó tanto en Italia como en su país natal paisajes de atmósfera serena y apacible.

El panorama cambiará radicalmente con la llegada del romanticismo, movimiento que trató de sustituir los grandes lienzos de tema histórico o religioso por el paisaje. Sus maestros Constable, Turner y Friedrich pretendían que el paisaje puro, casi sin figuras o totalmente carente de ellas, alcanzara la significación heroica de la pintura de historia. Se basaban en la idea de que el sentimiento humano y la naturaleza debían ser complementarios, uno reflejado en el otro. Es decir, el paisaje debía despertar emoción y transmitir ideas. Según avance el siglo, sin embargo, la aparición de la escuela de Barbizon abrirá una nueva vía para el paisaje, en pos del realismo. Rousseau y sus compañeros compartían el interés por capturar la naturaleza a través de la observación atenta, y rompieron con las formales y equilibradas composiciones de sus predecesores en busca de una descripción más auténtica de la naturaleza, sin importarles que el resultado fuera menos armonioso.

En el siglo XIX irrumpen asimismo con fuerza los pintores estadounidenses, destacando especialmente la escuela del Río Hudson. Cole, Durand y Doughty, fundadores del grupo, celebraron la belleza única de los paisajes vírgenes americanos a través de dramáticos efectos de luces y sombras y de la representación detallada del entorno natural.

Finalmente el último tercio del siglo XIX aparece dominado por los impresionistas que, inspirados por las ideas y la práctica de la pintura al aire libre de la escuela de Barbizon, crearon una nueva y radical concepción del paisaje. Se alejaron del romanticismo y el realismo buscando una vía de expresión más subjetiva, y captaron de forma directa los efectos de la luz y la atmósfera a través de una pintura abocetada y matérica y de un uso del color completamente revolucionario. El siglo acaba con sus directos seguidores, los postimpresionistas Cézanne, Van Gogh y Gauguin, quienes abrieron el camino para la llegada de las vanguardias en el siglo XX.

Contexto histórico

En 1789 Francia inició el cambio de rumbo político y social que iba a transformar por completo Europa. La Revolución terminó con el Antiguo Régimen, basado en el poder que otorgaba la propiedad del suelo y los derechos heredados, y dio paso a un mundo moderno basado en la democracia y la industria. El XIX es el siglo de las revoluciones en Francia; entre violencia, crisis y guerras llegaron los grandes cambios que transformarían profundamente no sólo el estado, sino también la mentalidad del pueblo. No fue por tanto un proceso fluido y constante, sino que se caracterizó por el conflicto, por los avances y retrocesos.

A la caída de Napoleón los intentos europeos por volver a la situación anterior en el continente llevaron a la restauración de la monarquía francesa, con la coronación de Luis XVIII en 1814. Sus partidarios lucharán entonces por el regreso al Antiguo Régimen, pero el nuevo rey se mostró conciliador, dictó una carta constitucional que limitaba los poderes de la monarquía y mantuvo algunas leyes de la revolución y la época napoleónica. Sin embargo a  su muerte, en 1824, su sucesor Carlos X desarrollará una política basada en la idea de restablecer la monarquía absolutista. La pérdida de gran parte de los derechos logrados con tanta sangre en 1789 hizo que, poco a poco, diversos sectores sociales se fueran sublevando. Por toda Europa corrían vientos revolucionarios, y de nuevo fue Francia la primera en alzarse en armas: en julio de 1830 se produjo un gran levantamiento en París que culminó con una nueva restauración monárquica, esta vez de corte liberal. Una nueva constitución reconocía de nuevo la soberanía nacional; el rey ya no lo sería de la tierra francesa por derecho divino, sino de los franceses por voluntad de éstos.

El primer “rey de los franceses”, Luis Felipe I de Orleans, gobernará hasta la llegada de una nueva revolución, la de 1848. Los últimos meses de su reinado se caracterizaron por la crisis general que azotaba el país a nivel financiero, económico, político y moral, agudizada además por las políticas ultraconservadoras de François Guizot, uno de los principales representantes del gobierno. El 25 de febrero de 1848 se proclamó la Segunda República Francesa, inicialmente de corte marcadamente social. No obstante, a partir de junio se impondrá un régimen moderado, el de Luis Napoleón Bonaparte, que fue primero presidente y, desde de 1851, emperador de los franceses como Napoleón III, a raíz del golpe de Estado del 2 de diciembre.

Se inicia así el Segundo Imperio Francés, marcado por el intento de compaginar un gobierno autoritario y personalista con el mantenimiento de los principios liberales burgueses. Tratando de restaurar la grandeza de Francia, Napoleón III desarrolló una activa política imperialista que finalizaría con su derrota en la guerra franco-prusiana de 1870-71. Este inestable contexto desembocó en 1871 en la Comuna de París, que instaurará formal y definitivamente en Francia el régimen republicano. Durante las últimas décadas del siglo XIX, la Tercera República Francesa disfrutará de un cierto desarrollo social y económico, mientras se lanza a la colonización de África y Asia.

Escuela

Aunque Díaz participó durante su juventud del movimiento orientalista francés, realizará el grueso de su obra, la de mayor interés artístico, integrado en la escuela de Barbizon. Se trata de un grupo de pintores que se agruparon a partir de la década de 1830 en esta aldea cercana a París, en los lindes del bosque de Fontainebleau, encabezados por Théodore Rousseau. Siguiendo las ideas de John Constable, cuyas obras se habían podido ver en el Salón de París de 1824, estos artistas se interesaron por representar la realidad de forma objetiva, sin embellecerla ni modificarla, alejándose de cualquier idealización y abstracción, ya fuera intelectual o lírica. Para ello, basaron su trabajo en la observación detenida de la realidad, pintando directamente en la naturaleza y prestando especial atención a la luz y la atmósfera. Serán por tanto pintores centrados en el paisaje, que trabajaban al aire libre y prácticamente no retocaban posteriormente en el estudio. La escuela de Barbizon fue, por tanto, un movimiento artístico que perseguía el realismo, reaccionando a la idealización y el formalismo románticos imperantes en la época.

Los pintores de la escuela de Barbizon fueron los principales antecesores del impresionismo, no sólo por lo ya mencionado sino especialmente por su intención de captar un momento único, fugaz e irrepetible, un instante concreto de luz y color. Formaron parte de la escuela grandes nombres de la historia del arte francés de la segunda mitad del siglo XIX, como Corot o Millet. Ya en la década de 1860 los pintores de Barbizon llamarán la atención de una nueva generación de artistas franceses, que habrían de crear un nuevo lenguaje: Monet, Renoir, Sisley y Bazille, quienes en diez años más tarde habrían de desarrollar el impresionismo.

Estudio comparativo

Dentro del corpus de paisajes de bosque de Díaz podemos encontrar diversas representaciones cercanas a nuestra obra en estudio, con una composición tendente a la simetría y un paisaje de árboles que se abren hacia el centro, mostrándonos el cielo arriba y un claro con una charca abajo. Especialmente próximo a nuestro lienzo es El bosque de Fontainebleau, de 1874 (Metropolitan, fig. 1), que incluye también una figura femenina en el lado izquierdo de la charca. No obstante, no vemos aquí tonalidades plateadas, sino predominio de los ocres, y el espacio tampoco se abre hasta las montañas, como en la pintura en estudio, quedando una composición más cerrada, circular. Algo similar ocurre con Claro en el bosque (Courtauld Gallery, fig. 2), también pintada por Díaz en 1874, y con Charca en el bosque, fechada en la década de 1860 (National Galleries of Scotland, fig. 3). Esta última pintura se caracteriza sin embargo por una pincelada más suelta y matérica, sin las veladuras características de la etapa final de Díaz que sí vemos en nuestro lienzo.

De hecho, la obra que estudiamos podría datarse también en la década de 1870, en los últimos años de Díaz, a juzgar por estos notables paralelismos compositivos y formales. Otras obras trabajadas de un modo similar, todas de estos años, son En el bosque (1874, National Gallery of Art, Washington D.C., fig. 4), Escena de bosque (1874, ídem, fig. 5) y La tormenta (1871, National Gallery, Londres, fig. 6), esta última cercana a la nuestra no en su composición sino en su cromatismo, basado en el contraste entre tonos fríos y cálidos.

Bibliografía

Exposition des oeuvres de N. Diaz de la Peña à l’École Nationale des Beaux Arts: notice biographique. Paris, Imprimerie Jules Claye, 1877.

EITNER, L. French Paintings of the Nineteenth Century, Part I: Before Impressionism. Washington D.C., The Collections of the National Gallery of Art Systematic Catalogue, 2000.

MIQUEL, P. Narcisse Diaz de la Peña (1807-1876). Courbevoie, ACR, 2006.

MOLLET, J.W. The painters of Barbizon: Millet, Rousseau, Diaz, Corot, Daubigny, Dupré. London, S. Low, Marston, Searle & Rivington, 1890.

O’NEILL, J., ed. Romanticism & the school of nature: nineteenth-century drawings and paintings from the Karen B. Cohen collection. New York, The Metropolitan Museum of Art, 2000.